Cuando hablamos de Paternoster, no hablamos de un ascensor cualquiera. Hablamos de una de esas piezas de ingeniería que parecen sacadas de otra época y que, sin embargo, todavía siguen funcionando en algunos edificios de Europa. No tiene ni puertas, ni tiene botones ni, mucho menos, espera a nadie. Y esa es, precisamente, parte de su encanto.
Acostumbrados a los ascensores actuales, silenciosos, cerrados y llenos de sistemas de seguridad, cuesta imaginar un elevador en el que las personas tengan que subirse y bajarse en marcha. Pero eso es exactamente lo que propone el Paternoster: una cadena continua de pequeñas cabinas abiertas que suben por un lado y bajan por el otro, sin detenerse nunca.
Un ascensor pensado para no hacer esperar a nadie
El funcionamiento de un ascensor Paternoster es tan simple como curioso. En lugar de una única cabina que sube, baja y se detiene en cada planta, este sistema utiliza varios compartimentos abiertos que se mueven lentamente en bucle dentro del edificio.
Por un lado, las cabinas ascienden. Por otro lado, descienden. Cuando llegan arriba o abajo, no se dan la vuelta como haría un ascensor convencional. Continúan su recorrido por el circuito interior y vuelven a aparecer en el sentido contrario. Algo parecido a una noria metida en el interior de un edificio.

El usuario no pulsa ningún botón. Tampoco espera a que llegue “su” ascensor. Simplemente se coloca delante de la cabina, calcula el momento perfecto y entra. Al llegar a su planta, hace lo mismo para salir. Dicho así nos puede parecer sencillo, pero en la práctica exige atención, algo de reflejos y, sobre todo, no confiarse.
La velocidad suele ser baja: alrededor de unos 30 centímetros por segundo. Es así, precisamente para permitir que los pasajeros entren y salgan sin grandes dificultades. De todas formas, la sensación para quien lo prueba por primera vez puede ser bastante extraña. No hay ese pequeño ritual tan habitual de abrir la puerta, entrar, pulsar el piso y esperar. Aquí todo ocurre en movimiento.
Por lo que se refiere al nombre, este también es bastante curioso. Procede del latín y significa “Padre Nuestro”. La explicación está en el mecanismo: una cadena de cabinas que gira continuamente, como si fuesen las cuentas de un rosario pasando entre los dedos durante la oración.
De innovación práctica a rareza histórica
Aunque hoy nos parezca una rareza, el Paternoster fue en su momento una solución muy inteligente para edificios con mucho tránsito de personas. Su origen se sitúa en el Reino Unido, en la segunda mitad del siglo XIX. El arquitecto Peter Ellis patentó un sistema de elevación en Liverpool en la década de 1860. Más tarde, otros ingenieros desarrollaron el concepto del cyclic elevator, es decir, el ascensor cíclico.
Durante décadas, el ascensor Paternoster tuvo mucho sentido en oficinas, ministerios, universidades, ayuntamientos y edificios administrativos. La gran ventaja es que movía a muchas personas de forma continua, reduciendo los tiempos de espera.
En un edificio con varios pisos y mucho movimiento, un ascensor convencional puede convertirse en un pequeño cuello de botella. Baja lleno, sube lleno, se para en varias plantas, obliga a esperar… En cambio, el Paternoster está en continuo movimiento. Cada pocos segundos aparece una nueva cabina. Para trayectos cortos y personas acostumbradas a usarlo, resultaba bastante práctico.
Esa eficiencia explica por qué tuvo especial presencia en países como Alemania, Austria o la República Checa. De hecho, Alemania ha sido durante años uno de los lugares donde más se han conservado estos ascensores. En algunos edificios públicos llegaron a formar parte de la rutina diaria de trabajadores y visitantes.
Con el paso del tiempo cambió la forma de percibir este tipo de instalaciones. Lo que antes se veía como rapidez y funcionalidad, hoy se analiza también desde la seguridad, la accesibilidad y la normativa. Y ahí el Paternoster empezó a hacer aguas.
El encanto de lo antiguo también tiene sus contras
El principal problema del Paternoster es que obliga a entrar y salir de una cabina en movimiento. Para una persona joven, ágil y acostumbrada al sistema, puede no suponer mayor dificultad. Para una persona mayor, un niño, alguien con movilidad reducida o simplemente un usuario despistado, el riesgo aumenta mucho.
Por eso, la construcción de este tipo de ascensores quedó prohibida, o muy restringida, en muchos países a partir de la segunda mitad del siglo XX. No solo por los accidentes, sino también porque este sistema resulta difícil de compatibilizar con los estándares actuales de accesibilidad.
Un ascensor moderno debe poder utilizarlo cualquier persona: alguien en silla de ruedas, una persona con carrito, un vecino cargado con bolsas, un técnico con herramientas o una persona que se mueve más despacio. En ese contexto, el ascensor Paternoster ya no encaja tan bien.
Aun así, no todos han desaparecido. Algunos siguen en funcionamiento como piezas históricas, sobre todo en edificios administrativos, universidades o inmuebles protegidos. En ciertos casos, su uso está limitado al personal autorizado o a personas que conocen bien el sistema. En otros, se conservan más como curiosidad patrimonial que como solución real de transporte vertical.
Porque el Paternoster es mucho más que un ascensor antiguo. Es una forma de entender la movilidad vertical en una época en la que la prioridad era mover con rapidez a la gente, aunque eso exigiera más atención por parte del usuario.
Hoy, en cambio, la prioridad es otra. Lo importante es la seguridad, la comodidad, la accesibilidad, la eficiencia energética y un mantenimiento fiable. Es evidente que los ascensores actuales no tienen el romanticismo mecánico del Paternoster, pero sí ofrecen algo mucho más importante: tranquilidad para todo tipo de usuarios.
De todas formas, el ascensor Paternoster sigue fascinando a todo el mundo, porque tiene algo bastante hipnótico. Sus cabinas no paran nunca. Suben y bajan como si el edificio tuviera un pulso propio. Es fácil entender por qué tiene tantos seguidores y por qué, allí donde aún funciona, se ha convertido en una especie de atracción.
Pero también es fácil entender por qué pertenece más al pasado que al futuro. La ingeniería puede ser ingeniosa, llamativa e incluso bonita, pero en un ascensor hay algo que siempre debe estar por encima de la nostalgia: la seguridad.